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Jugar en casa

Momo, de Michael Ende: la importancia del juego infantil

Momo, de Michael Ende ha sido una de mis últimas lecturas. Recordaba haber leído Momo en el colegio sin demasiado entusiasmo, así que haberle dado una segunda oportunidad y que haya sido tan exitosa me ha demostrado, una vez más, la importancia de escoger las lecturas en función de la edad, madurez e intereses del lector. En otra ocasión hablaremos sobre este asunto ya que ahora me gustaría centrarme en compartir con todos vosotros lo inspiradora y reveladora que me ha resultado esta lectura en relación con el juego de los niños, con la creatividad, la fantasía, los espacios de juego, la gestión del tiempo, etc.

Rebajas

El redescubrimiento de Momo ha sido tan impactante que a medida que iba avanzando por sus páginas pensaba en lo importante que es su lectura para los adultos –diría que ineludible para padres, madres y maestros– de hoy en día. La realidad que refleja resulta tan familiar hoy en día que duele. Duele porque piensas: «¿Cómo es posible que la idea generalizada sobre el juego y los espacios dedicados a los niños en la actualidad sea justamente como se describe, y se critica, en esta novela?».

Y es que la novela fue publicada en 1973, es decir, hacia casi 50 años. Pero la crítica social que se desprende de esta fabulosa historia está tan de actualidad que resulta inquietante. Tanto es así que no paro de darle vueltas. ¿Será posible que hace 50 años ya se criticaran aspectos de la sociedad en general, y del mundo de los niños en particular, que todavía siguen preocupándonos? Y no solo eso. Quien tenga el placer de descubrir o redescubrir a Momo en la edad adulta se dará cuenta de que los hombres grises han trascendido las páginas del libro y viven entre nosotros. Pero vayamos por partes. 

¿Qué nos cuenta Momo?

Momo nos cuenta la historia de una niña huérfana que vive en las ruinas de un anfiteatro a las afueras de una gran ciudad. Hoy en día, Momo sería un modelo a seguir por todos aquellos que practican el «minimalismo», esto es, el arte de vivir con muy poco, puesto que Momo «no poseía nada, excepto aquello que encontraba por ahí o que le regalaban». En cambio, la protagonista tiene un cualidad realmente envidiable: sabe escuchar a los demás de una forma excepcional. Tanto es así que la gente iba a visitarla porque, aunque se sintiesen mal por cualquier motivo, el simple hecho de que Momo les escuchase les hacía sentirse bien, les despertaba la creatividad y la alegría por vivir.  

Así, acompañada de algunos niños y adultos tan entrañables como Gigi y Beppo Barrendero, los únicos adultos que aparecen ligados al mundo infantil en la novela, Momo va pasando los días entre juegos, charlas y cuentos. Sin embargo, un día la protagonista detecta la desapacible presencia de unos hombres grises. Estos «se habían colado imperceptiblemente en la vida de la gran ciudad y de sus habitantes». Los hombres grises necesitan el tiempo de la gente para poder vivir, por lo que han de sustraerlo de cualquier manera y almacenarlo para su propia subsistencia. De esta forma, su objetivo es claro: han de convencer a la gente para que deje de perder el tiempo y se dediquen a tareas más productivas.

Los hombres grises: los ladrones de tiempo

Si Michael Ende levantara la cabeza no daría crédito a su capacidad visionaria. Los hombres grises hacían que la gente trabajara más para ganar más y poder consumir más. Para ello todo el mundo tenía que dejar de lado todos sus compromisos sociales y relaciones humanas. Como consecuencia, las vidas de los ciudadanos quedaban limitadas al trabajo y las relaciones personales, incluso las de los padres con sus hijos, quedaban en un segundo plano. De hecho, los niños se lamentan, los padres no tienen tiempo para ellos.

Hoy en día seguimos igual o, por qué no decirlo, peor. Los ladrones de tiempo ya no solo nos obligan a trabajar más, sino que nos roban el tiempo mientras creemos que estamos disfrutando de nuestro tiempo de ocio.

Que levante la mano quien no se sienta amenazado hoy en día por los hombres grises constantemente. Esos hombre grises disfrazados de redes sociales, videos de Youtube o series de Netflix que van absorbiendo nuestro tiempo sin piedad. Esos hombres grises que te hacen consultar el teléfono aunque tus hijos te estén contando cómo les ha ido el día en el colegio o tu pareja te esté hablando del destino de tus próximas vacaciones. Los hombres grises tienen más poder que nunca.

En el libro, los ahorradores de tiempo iban mejor vestidos que la gente que vivía cerca del viejo anfiteatro, que es la zona en la que viven Momo y sus amigos, el último reducto de felicidad y relaciones humanas hasta la llegada de los hombres grises. Está claro que estos ahorradores ganaban más dinero y podían gastar todo lo que quisiesen, pero «sus rostros denotaban malhumor, cansancio o amargura, y su mirada era poco amable».

Todos sabemos que una sola hora nos puede parecer una eternidad, pero de vez en cuando también puede pasar como un instante… depende de lo que experimentemos durante esa hora. Porque el tiempo es vida. Y la vida reside en el corazón.

Momo, Michael Ende, Alfaguara

Momo, una inspiración para los amantes de las piezas sueltas

En otras ocasiones hemos hablado de la importancia del juego desestructurado y de las piezas sueltas. Pues bien, los amantes de las piezas sueltas adorarán a Momo, porque ella no concibe otra forma de juego.

En cierta ocasión, uno de los hombres grises le ofrece una muñeca que habla; una «Bibigirl» concretamente. Esta muñeca, que se describe a sí misma como la muñeca perfecta, que parpadea y mueve la boca, le pide a Momo, insistentemente, que quiere tener aún más cosas. Momo no entiende muy bien a qué se refiere. Aún así, decide enseñarle las cosas que tiene para ver si hay alguna que le guste.

Momo saca una caja con todo tipo de tesoros de debajo de la cama. Y en esa caja había:

  • una bonita pluma multicolor de pájaro
  • una piedra bellamente veteada
  • un botón dorado
  • un trocito de vidrio coloreado
  • una concha de color rosa bien bonita

Pero a la muñeca no parece gustarle nada de lo que Momo le ofrece, así que llega un punto en el que Momo ya no sabe qué hacer. De hecho, cuando está con la muñeca, siente una extraña sensación desconocida hasta ese momento: el aburrimiento.

Tal como señala el narrador, «si al menos la muñeca no hubiese dicho nada de nada, entonces Momo podría haber contestado por ella y hubiera surgido una conversación de lo más bonita», pero como la muñeca no paraba de repetir las mismas frases, resultaba imposible.

El declive del juego

Al principio de la historia, en el entorno de las ruinas en las que vive Momo, conocemos emocionantes episodios compartidos entre Gigi y Beppo Barrendero en los que el juego y la fantasía son los protagonistas. Asistimos, pues, a momentos de juego envidiables: el grupo inventa juegos e historias sin más elementos que su propia imaginación o los objetos que les rodean.

Así, Gigi, que es el cuentacuentos y el personaje adulto más en sintonía con los niños, comparte con los pequeños un sinfín de historias que van nutriendo la imaginación de Momo y sus amigos. Igualmente, Gigi se empapa de la fantasía de Momo y siente que estar con ella es una inspiración para seguir jugando e imaginando.

Poco a poco, estos juegos compartidos y estos ratos inventando historias se van reduciendo. De hecho, cierto día Momo se da cuenta de que cada vez las visitas de sus antiguos amigos están disminuyendo. Y la mayoría de los niños nuevos que iban a jugar «ni siquiera sabían jugar». Además, lo que estaba sucediendo era que estos niños habían comenzado a traer «todo tipo de juguetes con los que en realidad no se podía jugar, como, por ejemplo, un tanque teledirigido que podías hacer circular por todas partes, pero que no servía para nada más».

Lo peor de todo es que eran unos juguetes tan perfectos que «uno ya no tenía ninguna necesidad de imaginarse nada». Como no podría ser de otra manera, estos juguetes caros y que no permitían hacer otra cosa más que mirarlos, acababan aburriendo a los niños.

Afortunadamente, los niños «retornaban de nuevo a sus antiguos juegos en los que bastaban un par de cajas, un mantel roto, una topera o un buen puñado de piedrecitas. De ese modo podían imaginárselo todo». Pero, desafortunadamente, el poder de los hombres grises es cada vez mayor, lo cual hace que el juego en las ruinas del anfiteatro acabe por desaparecer. Es más, tras el regreso de Momo, después de su estancia con el Maestro Hora, descubrimos no solo que Gigi les ha vendido a los hombres grises su tiempo a cambio de fama y riqueza, sino que también se ha creado un «Depósito de niños» donde el juego, la creatividad y la imaginación no tienen cabida.

El Depósito de niños

Llegados a este punto en el que en la ciudad abundaban los ahorradores de tiempo, el Ayuntamiento se ve obligado a crear en cada barrio un Depósito de niños. De hecho, «estaba estrictamente prohibido que los niños jugasen en las calles o en los parques o en cualquier lugar». Y si alguien encontraba a algún niño haciéndolo, tenía que llevarlo a uno de estos «Depósitos».

En este «Depósito», los niños llevan un uniforme gris. Los juegos eran impuestos por los supervisores y «solo se admitían aquellos en los que se aprendiera algo útil». Y así, «la capacidad de divertirse, de entusiasmarse y de soñar» se había olvidado por completo.

Estos depósitos, que vendrían a ser el equivalente a los colegios, son presentados como el lugar en los que a los niños se les mata la creatividad. Ken Robinson nos lo dijo hace unos años, pero Michael Ende ya lo había descrito magistralmente mucho antes.

Poco a poco a los niños se les puso cara de pequeños ahorradores de tiempo.

Momo, Michael Ende, Alfaguara

Cierto día, Momo se encuentra a sus amigos por la calle y ella los anima a volver al anfiteatro a jugar, pero la respuesta que recibe por su parte es que no les dejan «perder el tiempo inútilmente». El juego es visto, pues, como una pérdida de tiempo, algo que choca, obviamente, con el concepto que Momo tiene del juego.

En cambio, según relatan los niños, en el colegio «juegan» a las tarjetas perforadas, un «juego» en el que uno no se divierte –de hecho no se puede mencionar la diversión–, pero resulta muy útil para el futuro. Es lo único que importa, que sea útil.

Momo, de Michael Ende: lectura obligatoria

Momo debería ser una lectura obligatoria para padres, madres y educadores. Como hemos señalado, la crítica que realiza el autor sobre la sociedad del momento nos resulta tan familiar que incluso llega a doler. Y duele porque no solo estamos viviendo esa falta de respeto por el juego infantil y esa necesidad por imponer a los pequeños el «juego útil», sino porque el poder de los hombres grises y su capacidad para robarnos el tiempo es mayor que nunca en la historia.

He de confesar que ahora cada vez que consulto el móvil o me quedo embobada delante de la pantalla, intento pensar en ellos, en los hombres grises y en su poder para vivir entre nosotros de la forma más imperceptible posible.

Leer Momo te hace apreciar más si cabe a todas las personas que día a día se dedican a devolver a los niños lo que les pertenece: el juego, la curiosidad, la fantasía, las ganas de inventar, de crear, de investigar.

Como sucede en la novela, necesitamos convocar a niños y adultos para hacer una manifestación para exigir tiempo, juego e imaginación. Los adultos necesitamos convertirnos en Gigi y Beppo Barrendero y quitarnos de la cara esa expresión de «ahorradores de tiempo». Sin duda, todos seríamos más felices.

Manifestación anti ahorradores de tiempo
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